A-MIS-TAD

Karnava™ 0002

¡Qué día aquel! Jamás pensé que resultara tan significativo como ahora. Aunque si pienso y reviso lo que había sucedido antes, no me parece tan extraño.

Recuerdo que su banda estaba a punto de firmar un contrato. Era un rumor que había detonado leyendas.

A mi amigo no le atraía la idea de ser parte del mundo industrial, y es que no era ese el propósito de su creatividad. No era un hombre de temple empresarial, pensaba semanalmente. El concepto de largo plazo le parecía un tanto absurdo. Estaba seguro que sus días de libertad jamás se acabarían a manos de un estamento. ¿Quién puede exigirle el cumplimiento de la ley a un gato montés? Antes habría que matarlo.

Era de noche, llegaron todos, como siempre, cargados de suministros para una tarde coloquial. Dicen que su madre abrió la puerta y, con un gesto de incredulidad, o tal vez sabiduría, les señaló el sótano, donde se encontraba mi amigo. Usualmente los recibía en la sala, o en el comedor. Pero esa noche los hizo pasar directamente al sotano. Nadie dijo nada, todos estaban a la espera de lo que mi amigo tenía que decir.

Imagino la forma en que lo dijo, la manera pulcra, sin titubeos, la entonación propia de alguien que no va a renunciar a sus afirmaciones. –“No quiero volver a tocar esas diez canciones, ni quiero firmar ese contrato; volveremos a empezar”, dijo, palabras más, palabras menos.

Hubo sarcasmo, ira, consternación. Habían trabajado casi dos años en ese álbum. Mi amigo sólo dijo eso, no respondió ni preguntas ni reclamos.

Su madre miraba como si el momento fuese algo natural, y sin embargo, se habían girado las suertes. La gente salió enojada y confundida de su casa.

Era evidente que algo se acababa. Cada uno debía elegir si seguir o parar. No solo la banda, todos. Aquello fue una tormenta que arrasó nuestras vidas.

Después de aquel asunto, sólo vi a mi amigo un par de veces más. ¡Pero el día de su cumpleaños! ¡Gran ironía!

Mi amigo volvía de su letargo. El clima era ideal para volver. El viento limpiaba las nubes barriendo la mancha de la modernidad que sufre la mañana en otras ciudades. Era la parte del año en que las alboradas son más claras y la resolana pachuqueña se vuelve una compañía entrañable.

La ciudad es un lugar soñado para el pensamiento y la producción artística. La mezcla entre el clima, su posición geográfica y su vegetación la han hecho un lugar sumamente generoso con los artistas.

Pero el arte no es prolífico en estas tierras. La lucidez de mi amigo era toda una vanguardia. ¿Cómo es que en una ciudad donde se respira tranquilidad y cercanía, semejante en condiciones a  otras más grandes que ella ante la historia, han habido tan pocos figurines de la humanidad?

Mientras la pasividad de los pachuqueños y su afamada apatía consumían la vida diaria, aparecía de vez en vez una persona como mi amigo, capaz de crear una generación ilustre, aunque privada.

Éramos una fiesta difícil de comprender, que maravillaba con su sencillez a quien lograba descubrirla entre los intersticios y rincones de la ciudad. El tipo de secretos que deben ser anunciados, un suceso que debe ser salvado del olvido.

Fuimos infames, inclusive criminales. Pero teníamos una confianza exacerbada por nuestro potencial artístico. Fuimos dueños del tiempo, grandes desconocidos con sudadera y tenis para correr.

Defendíamos un ideal extraño. Soñabamos con escribir un poema que cambiara la historia, descubrir las contradicciones en Freud y Lacan, alcanzar una lectura plena de Hegel, filmar una película definitiva, escribir música para el futuro; en fin, esperábamos esbozar el escenario en que se diera lugar todo lo posterior.

No era languidez la que nos mantenía juntos, jamás propugnamos ideologías banas, todo lo contrario, estábamos embriagados con un misterioso entusiasmo. Nos conocíamos bien los unos a los otros, éramos un solo cuerpo y, sin tener siquiera que decirlo, sabíamos perfectamente qué era lo que nos unía: mi amigo y su lucidez, su estruendo.

Y no obstante nuestra fuerza, después de aquel trueno, aquella noche que lo cambió todo, comenzamos a disolvernos. Nos dimos cuenta que para mantener unida esta convicción debíamos entregar cada uno un cierto grado de sacrificio. Algunos prefirieron parar. Comenzó la diáspora.

Uno que otro prospecto a pintor, escritor o fotógrafo fueron encaminándose a la promesa de lo estable, a la valoración de los bienes comunes. Aseguraban que todo esto sería un fracaso rotundo. Mi amigo tuvo que continuar sólo, mientras los demás buscábamos terminar nuestros estudios, mejorar nuestras relaciones amorosas y encontrar empleo.

Ese trueno destapó la mentira. Todo ese tiempo estuvimos buscando una señal para encontrarnos y un hecho simple, un hombre prometéico, habían salvado a una generación completa del engaño, obligándola a decidir. En efecto elegimos.

Entonces vino a mi casa aquel día, el de su cumpleaños. Entre el frío y la resolana estábamos él y yo, y una guitarra vieja. Después de aquella diáspora que nos dejó a pocos, éramos al fin los dos, para tomar una cerveza.

Tomó la guitarra, casi sin decir nada. –“A-MIS-TAD”, cantó mi amigo, con un gallo, desentonado desde el inicio, y sin embargo, dijo, justo así debía comenzar la siguiente canción, «Gigantesca Gota Azul de Tristeza» se llamaría.

Los acordes que vinieron a la intuición de mi amigo fueron breves, pero su resonancia me carcome el pensamiento desde entonces. Fue una improvisación extraordinariamente pobre.

Vino el silencio. Ambos tomábamos nuestra cerveza como en las antiguas libaciones a los dioses, ante al himno invocador de una revelación.

A menudo nos regalabamos estos silencios, siempre seguidos por una risa muy exclusiva. Aquello era algo de los dos. Aunque, más que ser una circunstancia privilegiada, simbolizaba la celosía a un templo enramado entre la selva y el olvido. Significaba más el exilio que el rechazo.

Volviendo de aquél espasmo, encendí un cigarro. Insisto, aquella clara resolana adorna cuanto alcanza, así se trate del residuo asqueroso de un pitillo. El silencio prevalecía. El humo enmarcaba nuestras siluetas con espirales y torbellinos.

Mientras tanto, mi amigo terminaba de beber su cerveza y la resolana se acomodaba más cerca de la pared como preparándose elegantemente para retirarse sin interrumpir. No había dicho nada, excepto que esa sería su próxima canción.

Apagué mi cigarro a azotes contra el cenicero, levanté la lata y me tome lo que restaba en ella de un solo sorbo. Mi amigo se puso de pie, repasó un par de sacudidas a su pantalón y alzó el cierre de su sudadera. Colocó la basura en una bolsa de tienda de abarrotes y se puso la mochila al hombro. Acercó hacia mí la guitarra con una mirada por primera vez fija y decidida, con una sonrisa lívida y un pequeño balbuceo. –“No hay más”, fue su comentario.

Me levanté y colgué el instrumento en el perchero para acompañarlo hacia la puerta principal. “Voy a dar una vuelta antes de que oscurezca, gracias por todo”, dijo. “No te apures, gracias a ti por haber venido”, le respondí.

Una vez partiendo, es difícil que mis visitas volteen la mirada, pues mi casa se ubica a las faldas de un cerro en los límites del valle, salir de ahí es andar de bajada y, a diferencia de los ascensos, bajar requiere de una espléndida concentración. Así que esperé a sus espaldas a ver que su silueta se esfumara. Una vez desaparecido, regresé a mi casa y cerré la puerta.

Ayer lo vi por última vez, metido en una caja. ¡Aún no lo creo! Ahí estábamos, filósofos, poetas, fotógrafos, genios computacionales, políticos, burócratas y disidentes. Por todos lados se escuchaba, “¿qué ha sido de ti?”, “¿en dónde andas ahora?”, y esas preguntas que se hacen después de mucho tiempo.

Nadie quiso ceder a la tentación de elaborar las circunstancias de su muerte. Fumábamos en silencio.

Saludé a los que pude reconocer. Mientras me despedía de mi amigo, no pude evitar quedar hipnotizado por su madre. Estaba sentada, acompañada por gente muy cercana a la familia. Hubo algunos gritos, llantos y conversaciones opacas. El semblante del lugar era en verdad un tártaro, como una isla atrapada en la hora después del sol de la tarde.

Su madre, incólume, como quien vela a un antiguo rey, no como quien pretende su reino.

Me acerqué y, antes de retirarme, quise despedirme también de ella.

-“Señora, gracias por todo, lo siento mucho”, le dije con un fuerte abrazo.

– “Lo sé mijo, gracias a ti por haber venido”, respondió.