Fe

Dimentia / Insurgency | Matthieu Bourel Dimentia / Insurgency | ©Matthieu Bourel | collage

Johannes de Silentio,

tu último guardián,

te halló en el carnicero y viejo,

no ya en el atrio episcopal,

¿ por qué el filósofo peca en necedad?

 

El camino del logos

empañó mis miembros,

palabras y discursos

devoraron mis tibios huesos,

sediento del instante

me volqué entre las bacantes.

 

Moribundo ante el impío

imploré por caridad,

me fueron dadas,

no tarde y sin alarde,

ofrendas de vicio y carne,

y con ellas,

así postrada,

su amante,

la erinia culpa

acurrucada en mi regazo,

perra,

escupes penas.

 

Vértigo es la casa,

mi ser la criada,

el cielo está pesado aquí debajo,

mis brazos de titán,

desmoronados,

y esa piedra que el obrero lleva al monte,

en mis manos es de hierro,

en las suyas

miel

avena

sudor

verbena.

 

Dando la espalda tal cual Lot

el logos ardía,

y en piedra el alma mía,

consumida en perfidia.

 

Bajo la argéntea mis embistes

acosaron el sueño pasajero

flagelado en el regazo

magreé mis piernas,

no son propias dije en llanto,

y en el ocaso y la mañana,

el mareo resucitaba.

 

En los bordes del abismo,

revuelto en temores y temblores,

noté,

estrujado el pecho,

debajo,

marejado el suelo,

Y la locura,

vecina del hombre,

burlesca,

en manta negruzca,

churrigueresca

su sien obtusa,

ojos demoniacos,

¡jaja!

sombras chinescas susurraron.

 

Agotado y vencido

de un golpe me arrodillo,

mi puño con rabia viaja al suelo,

lejanos,

los gritos del padre,

la furia de la sangre,

y mis ojos,

ennegrecidos.

 

Roído por las cenizas que la gloria deja al paso

la nausea corona mi derrota,

el fracaso diluido entre  lagrimas y zozobra

cruje los dientes, Moira cegadora,

mil saetas hirientes ensombrecen mi espacio,

Dieneces mismo hubiese claudicado,

y Herodoto, mudo ante el medo,

acepta sin agrado al invasor y extranjero.

 

¡No más! grito al cielo

ahogado en lamentos, un remolino mis pensamientos

tan pronto dirijo la voz al padre,

el sereno se vuelve carne,

y en el pecho el sosiego

hace eco mis lamentos.

 

De cara al suelo,

mi voz se torna humilde

como niño ruego

¡No tardes!

padre sempiterno

que mis enemigos son el signo,

de intelectuales caro vicio.

 

Resignado en mi suplicio

el infinito abre su camino,

no queda más que creer

en el absurdo de la fe,

inmaculada y regia,

tu ámbito es lejano,

ni la razón o el arte alcanzan

las puertas de tu atrio

el mismo que derrumbas

ante el párroco de oficio,

pues son tus dotes conocidos

por valientes seductores

del infinito y sus favores.