Autorretrato/Manifiesto

Joshua-Davison Joshua Davison © | retrato glitch

Dos poemas

de Adriana Yaspik

Autorretrato

 

Tiene destino de mar.

Se aburrió de ser sangre y se volvió agua.

Agua que de tan clara, se le olvidó su estado

para volverse cielo

o espejismo de la arena.

 

Respiraciones anchas.

 

Arenas dulces.

 

Rumores de sal.

 

Erosiona, hunde, limpia.

 

Es vida y destrucción.

Es el reflejo de la estela de sus versos.

Le gusta bailar con la Luna y el Sol le da res(e)aca,

pero cuando le llueve la memoria

se tiende a él, para que le evapore las tristezas.

 

Tiembla de tanto andar persiguiendo vientos

y le encanta sentir al Universo amanecer

pintado con versos en el techo del cielo.

 

Existe como el lugar donde perdiéndose uno se encuentra.

Es naufragio efectivo, sin elección.

Y es que le gusta tanto ver el alma de los navíos,

por eso siempre los desnuda con la mirada.

 

Tiene destino de mar,

con todo y sus adjetivos,

tan g r a n d e s

que no caben en las palabras.

 


 

Manifiesto

 

Hay más vida en quien no pretende reprimir la furia de la sangre, el titilar intermitente de la magia noctívaga, mucha más vida en quien se desgarra gritando sus quereres, sin miedo a que eso implique compromiso universal. Hay más de respetable en quien seduce casi como por descuido, en el coqueteo porque sí, en quien desea sin miedo al rechazo, al juicio, al murmullo de aquellos que con miedo se escudan en el pudor convencional.

Escribo para todos los labios que no se escondieron del desorden, que descansaron en arrecifes codiciados por su carne, que no tuvieron miedo de llorarle lágrimas eufóricas al éxtasis y las dejaron caer en el lienzo dispuesto para cada uno de sus excesos. Escribo porque me hierven las ganas de decir que voy a hacer con mis manos lo que más me plazca, con mis labios lo que yo mejor sepa, con mi cuerpo lo que mis límites me permitan, con y cuando yo quiera.

No huyo de mis letras desnudas, no me da miedo la prosa brava, no me intimida inventarme fuegos. No pienso truncar mi avidez, al contrario, me la exijo. Porque mi existencia es roca ígnea, porque quiero existir al lado de gente con mirada incandescente, de esa que te quema las pestañas y enciende partecitas de tu alma, porque quiero sentir tanta piel hasta el punto en el cual sea capaz de crear una enciclopedia de todos los roces posibles, quiero conocer mundos escritos en las huellas dactilares de gente que respete la erótica del roce tanto como yo, ese roce de mil incendios. Porque si ser decente implica negar que soy flama en vacío, azul y perdurable, si ser decente implica doblegarme ante sus “actúe como la señorita que es” y “no seas tan puta”, entonces me parece bien ser la más indecente de las indecentes.

Porque no soy tu resultado, no soy tu máquina. Yo siento y deseo y anhelo y odio y me excito y amo y lloro y río y beso. Y voy a sentir mi fuego como yo mejor quiera, en el tiempo que yo quiera y con quien a mí me de la regalada gana. Me niego a reprimir mis ganas por la imagen que proyecto, me niego a caer en la mediocridad de pensar que eso determina mi decencia, me niego a caer en el juego de la hipocresía y estupidez colectiva. Voy a amar con la mente, con el cuerpo, con mi carne. Con mis dientes y mis uñas y los dedos de mis pies. Voy a reírme de mis gritos, arañazos y gemidos. Voy a disfrutar de mis besos, de mis sonrisas, de mis guiños. Porque así me lo exijo yo.