Poemas de Elisa Zuñiga

 

“Blanca Sierpe”

Un cáliz de sombra inunda la vela con prematuras ramas y recobra su desgarrada forma en el reflejo repetido de gracia. Bajo la última gota de oleaje y algarabía se leen las tinieblas con señales invioladas, el río de sangre oculta su nombre en escombros a mitad de cruel mandato. Anhelo tu revolución que navega con tenaz alienación.

¿Eres?

¿Estás?

Cultura andina rescatada, ámame en secreto, extravia el flagelo en el sustento de mi alma, desdibújame.

Se iluminan mis entrañas cuando entro a la hoguera; incandescente e impotente fuego, trágame. Me encadenaron a las leyes de la física, al colectivo de la lucha de papel y fútil, rebroté con las canciones del pueblo y tañidos de diosas. Con los huesos ya tostados y la frente lavada, defiendo a mi especie y abro el milagro entre idiomas confusos.

Nuestras acciones son ofrendas a lo divino.

 

 

Bípedas implumes

Fiera hambrienta de aire, me adentro al crepúsculo del bosque y de súbitos colores que se diluyen con las horas del tiempo, los tonos se anuncian y las sombras muestran su timidez.

He encontrado huellas de añejos caminantes, de seres primitivos que han rezado con los cedros del lugar. Mi cráneo sufre el indómito golpe de un ave, una diamante de los prados, su sangre se diluye en el hemisferio izquierdo de mi rostro, arde, quema, mi cara se paraliza. Sus alas rotas por los sacerdotes de fuego lloran sin libertad en mis manos, su esqueleto está pavoroso, sigue húmedo y sin carne que lo cubra, sin órganos.

Las antorchas de caminantes alumbran el polvo caoba, embalo a la criatura en mi pecho y echo a andar mis extremidades, mi base. Los antropófagos escoltan la senda que hemos marcado, famélicos de masa. Mi poderío juzga a las fuerzas que conducen pies pesados.

Túneles de conexión que esconden los cimientos de aquel volátil ente y mi cuerpo en expansión y ligereza. De nigrománticas ascienden las danzas con latidos feroces, con juicio, con ego, con inercia. El lugar aspira crearme fósil, los sedimentos afanan absorberme.

 ¡Agüita sagrada! Se asoman los fluidos de las ninfas, mi lengua marchitándose, me jala al manantial. Tendí las partes del diminuto individuo, y mi piel se hundió después, en el vientre de la fuente, en tragedia.

 

 

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