Colección de poesía: Adolfo Zambrano

Cómo te amé

Cómo te amé,

que hasta me salí del cuerpo

dando al cielo,

cómo te amé,

que al roce de tu mano

fui más fuerte que Alejandro,

cabalgué por el Asia en tus caderas

hallando fracaso entre tus piernas,

en esa cuenca fértil donde el Nilo otorga vida,

los imperios caen en ruina,

los reyes se arrodillan

y las llaman sus señoras,

mujeres,

sin ustedes somos muerte.

Cómo te amé,

que hasta el Egeo cambió su cause

al oír mi llanto en vela,

consolando mi derrota

como a Jerjes en Beocia,

en el mar la espuma limpia,

sangre y arena

de la boca de los persas,

de tu trigo y canela,

ni el mediterráneo me libera.

Cómo te amé,

que me olvide de mi nombre y de mis años,

de los días y de sus horas,

para amarte sin demora,

sin orgullo ni zozobra.

Cómo te amé,

que me olvidé de amar el cielo,

sus estrellas y su luna,

en las noches,

viejo lobo moribundo,

ya por  poco te me mueres

nauseabundo a ras de nieve,

flotando en el desierto

te olvidé de cara al suelo,

te dejé ir

calcinando mi recuerdo,

con los ojos bien cerrados,

el venado blanco susurró,

me dijo sigue

muchachito seductor.

De la sangre de la tierra

sea  volcán o ciudadela,

brota musgo en las banquetas,

así en mis cicatrices

vuelve ella siempre eterna,

pero vos ya no sos más mi Trafalgar,

en el navío Bellerophon

caratoña nueva otorgo,

en costas balcánicas

espero encontrarla,

y naufragar

en el silencio de sus pechos.

Salamandra soy sobre tu andorga,

de arriba a abajo,

me escurro cenagoso,

te suplico,

hacernos uno

igualando al Danubio,

ardiendo las perlas de tu costa eslava

exploto en pedazos granada partisana,

aroma del sol tu sudor durmiente,

cómo la amé, soberana de mi piel,

que terminé amando mi silencio

y a ti, mi confidente en el espejo.



Cerros púrpura


En los albores de la tarde,

el sol se ha cansado de inflamar

la tierra, los montes,

…el mar

de calor y cósmico estupor

ya en el cielo se revuelven

nubarrones henchidos de luz rosácea,

dos son las orígenes de aquel color toronja

o los salmones navegan la atmosfera

o la palabra de Borges divina se torna.

Bóveda diurna,

inmenso tu imperio domina

la milpa y sus lábaros de oro,

bañas con flama benévola

las pedregosas manos del hijo de esta tierra

…el tecolote observa desde las ramas del abeto

un carro de fuego rasgando el cielo,

anuncia la muerte prematura

del sol, de entre los astros titán sereno.

Debajo,

la serpiente apacigua el paso,

se sabe desnuda al rastro,

de rapaces hambrientas ,

afilados estridentes

claman sangre fría de maestro lagarto.

El viento ruge,

silba Boreas juguetón,

brinca de volcanes al fogón,

provoca sin mesura a su mentor,

Eolo, de rafagas ecuestres domador,

el café dulzón descansa

entre manglares de lengua anciana,

mishrri, me dijeron en hñähñú.

Cerros azulados,

erigen cactos desbocados

órganos barrocos de orquesta solariega

el pueblo de la luna afina sus trompetas

implorando con vehemencia las crónidas campanas

que ponen  fin al teatro de las farsas

el manto del silencio ya cubre carne y espiritu

sosegado,

el pecho hierve,

y en los ojos de los gatos,

cerros púrpura se ciernen

infinitos,

del ocaso hacia el oriente.


Fe


Johannes de Silentio,

tu último guardián,

te halló en el carnicero y viejo,

no ya en el atrio episcopal,

¿ por qué el filósofo peca en necedad?

El camino del logos

empañó mis miembros,

palabras y discursos

devoraron mis tibios huesos,

sediento del instante

me volqué entre las bacantes.

Moribundo ante el impío

imploré por caridad,

me fueron dadas,

no tarde y sin alarde,

ofrendas de vicio y carne,

y con ellas,

así postrada,

su amante,

la erinia culpa

acurrucada en mi regazo,

perra,

escupes penas.

Vértigo es la casa,

mi ser la criada,

el cielo está pesado aquí debajo,

mis brazos de titán,

desmoronados,

y esa piedra que el obrero lleva al monte,

en mis manos es de hierro,

en las suyas

miel

avena

sudor

verbena.

Dando la espalda tal cual Lot

el logos ardía,

y en piedra el alma mía,

consumida en perfidia.

Bajo la argéntea mis embistes

acosaron el sueño pasajero

flagelado en el regazo

magreé mis piernas,

no son propias dije en llanto,

y en el ocaso y la mañana,

el mareo resucitaba.

En los bordes del abismo,

revuelto en temores y temblores,

noté,

estrujado el pecho,

debajo,

marejado el suelo,

Y la locura,

vecina del hombre,

burlesca,

en manta negruzca,

churrigueresca

su sien obtusa,

ojos demoniacos,

¡jaja!

sombras chinescas susurraron.

Agotado y vencido

de un golpe me arrodillo,

mi puño con rabia viaja al suelo,

lejanos,

los gritos del padre,

la furia de la sangre,

y mis ojos,

ennegrecidos.

Roído por las cenizas que la gloria deja al paso

la nausea corona mi derrota,

el fracaso diluido entre  lagrimas y zozobra

cruje los dientes, Moira cegadora,

mil saetas hirientes ensombrecen mi espacio,

Dieneces mismo hubiese claudicado,

y Herodoto, mudo ante el medo,

acepta sin agrado al invasor y extranjero.

¡No más! grito al cielo

ahogado en lamentos, un remolino mis pensamientos

tan pronto dirijo la voz al padre,

el sereno se vuelve carne,

y en el pecho el sosiego

hace eco mis lamentos.

De cara al suelo,

mi voz se torna humilde

como niño ruego

¡No tardes!

padre sempiterno

que mis enemigos son el signo,

de intelectuales caro vicio.

Resignado en mi suplicio

el infinito abre su camino,

no queda más que creer

en el absurdo de la fe,

inmaculada y regia,

tu ámbito es lejano,

ni la razón o el arte alcanzan

las puertas de tu atrio

el mismo que derrumbas

ante el párroco de oficio,

pues son tus dotes conocidos

por valientes seductores

del infinito y sus favores.


Sin semblanza.

Un pensamiento

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