Arístides Luis: ¡Merecemos Poesía!

© David Schermann

La poesía y la filosofía se han vuelto un tema relevante en la opinión pública. En DUBIUS esperamos que así suceda también, lo más pronto posible, en la agenda política tanto de las figuras de gobierno como de la participación ciudadana.

En ese tenor les compartimos este texto, extraído de la columna de Arístides Luis, “Horizonte de Sentido”, que se publica en el periódico Libre por Convicción El Independiente de Hidalgo.


Columna: Horizonte de Sentido
Libre por Convicción el Independiente de Hidalgo
Publicación del 23 de marzo 2019.

¡Merecemos poesía!

El 21 de marzo celebramos el Día Internacional de la Poesía, decretado así por la UNESCO en París en 1999. Si pidiéramos explicaciones a la ONU, su respuesta sería: “La poesía es una manifestación de la diversidad en el diálogo, de la libre circulación de las ideas por medio de la palabra, de la creatividad y de la innovación”.

Esa definición, de dudoso fundamento, no alcanza –por decir lo menos– para describir con justicia la auténtica experiencia poética.

Primeramente reconozcamos un hecho fundamental, parafraseando a Mario Bojórquez: hicimos poesía mucho antes que política. La experiencia de la realidad estructurada sobre la base de fines labores, normados constitucionalmente y regidos por la dinámica de los modelos financieros, es demasiado joven e ingenua para la poesía.

¿Por qué hemos de aceptar que la poesía sea tan solo una herramienta faldera de los propósitos políticos? A lo largo de su larga y compleja genealogía se encuentran quizá los misterios y realidades más urgentes de nuestra especie, por supuesto, eso le ha valido un campo colmado de fosas y sacrificio, es decir, no es la dulce rosa encaramada y servil que nos pintan los manuales.

Cuando lo político se ha convertido en uniforme, la poesía irrumpe aún más dolorosa. Ella lucha desgarrándose en la piel del poeta, buscando su propio nacimiento en los terribles dolores de un final verdaderamente abrupto.

Cada vez que urge el fin a un mundo sofocado, sobreviene la poesía. Su lógica es la de la vida misma, es ella el símbolo perfecto de la catástrofe. Me explico: cuando en verdad confrontamos las cosas del vivir, lo hacemos con padecimiento porque nos impele la fuerza de abandonar nuestros deseos corrientes. En palabras de Slavoj Žižek, “la verdad y la felicidad no van de la mano –la verdad duele, trae consigo inestabilidad, arruina el transcurso tranquilo de nuestras vidas–la elección es nuestra: ¿queremos ser felizmente manipulados o exponernos a los riesgos de la creatividad auténtica?”.

Es allí mismo que, machacándose de gusto, la poesía penetra un juego determinante con lo contradictorio, ella es la contradicción misma en juego. La poesía no es la lindura que nos enseñó la SEP, sino el pronunciamiento del mundo que atraviesa un cuerpo verdaderamente humano.

Si celebramos lo poético, la poética, el poema o los y las poetas –cosas distintas– debemos también esperar con genuina confianza la novedad, asir el peligro y asumir su infinita incertidumbre, arriesgarlo todo. Yo dudo con fervor de esa confianza, ergo, no puedo aceptar simples felicitaciones.

Entonces viene la pregunta: ¿Hay poesía en la actualidad?
Responde Gorostiza: “¿Usted cree que se puede ser poeta mientras se escribe 50 veces al día ‘sin otro particular, le reitero a usted las seguridades de mi más alta consideración’?”.

Hoy existe la propuesta de integrar una mención tácita a las humanidades en el artículo tercero constitucional. Se pugna en el legislativo por un nuevo orden presupuestal que libre de su marginación a esos pilares enmohecidos de nuestra esencia. ¿Qué ha hecho la oficina de patentes que no haya hecho por nosotros también la poesía? ¿Es porque en ella no hay generación de inversiones para el capital privado?
Venga, no han sido los poetas emprendedores. Pasa que ellos saben, sea cual sea la circunstancia, que es mejor regalar los libros a esperar obstinadamente que los compren: porque en ese oficio no encontrarán empleo, sino una urgencia vital.

En esos días, la rabia y los poetas no deben temer el politizarse. Que se politicen, no por hacer de la poesía un mero apartado más de la maquinaria institucional, sino para evitar que así sea y cerrarle el paso a quienes provocan deliberadamente su marginación. Es preciso luchar por la libertad de cuanto queda por decir, lo que debe ser escuchado y las sensibilidades ingrávidas de porvenir, es decir, por la posibilidad de devolvernos en ello a la misma realidad que nos hemos negado, empeñados en llenar la tierra con filas, trámites, escaleras eléctricas, empujones, arrebatos, agruras y quejumbre.

Merecemos poesía, carajo, para volver a vivir.