Colección de Poesía: dos poemas de Jack Dou

Dos poemas de Jack Dou (Honduras, 1998) uno de los participantes del III Encuentro Efímero de Poesía en Pachuca.

Estudiante de la carrera en Literatura y Creación Literaria en Centro de Cultura Casa Lamm. Actualmente cuenta con dos publicaciones en Revista Literaria Monolito. Residente en la Ciudad de México desde hace un año.

¡Merecemos Poesía!


Sólo quiero ser crucificado

 

Quiero tener una corona
hecha con botellas de alcohol
que los vidrios se entierren en mi conciencia,
al son del Réquiem
treinta y nueve azotes
con las palabras de un poeta vanidoso
una temporada en el infierno.
Quiero cargar una cruz
que sueña con amores monstruosos
que mi espalda se llene de llagas
un universo fantástico de dolor
¿Por qué he malgastado mi vida?
Quiero las burlas de quienes no me entienden
ser tratado como el Nazareno,
en un camino tortuoso
encontrarme con una sonrisa
pobre pero querida por el alma.
A mis veinte años
quisiera tener treinta y tres
o tal vez veintisiete
¡ahora me rebelo contra la vida!
El dolor y la pena siguen
persignando mi espalda
en mortuorias oraciones
¡que revienten mis vertebras!
El camino al monte calvario
es excesivamente simple,
demasiado ligero para mi orgullo,
¡que no se me acerque ningún Simón de Cirene!
Mi cruz está hecha por el rechazo y por pútridas sonrisas
una tortura sutil,
¡somos tantos en el mundo!
¿Por qué he malgastado mi vida?
Los clavos se empiezan a enterrar
¡Plas! ¡Plas! ¡Plas!
No sólo en mis manos y pies,
perforan el alma
¡Crack! ¡Crack! ¡Crack!
Un clavo: soledad.
Un clavo: recuerdos.
Un clavo: Amor. Amor. Amor. Amor. Amor. Amor.
Doce meses en una cruz y todavía desconozco la caridad.
Pobre y querida alma la eternidad no está del todo perdida para nosotros. En gritos de soledad y murmullos amorosos mis brazos se empiezan a desprender de mi cuerpo cada célula se congela con los escupitajos de los días robados. Todavía espero que me claven esa lanza en mi dorso. Un último deseo de ser amado.

 

 

Existir en el exilio

Déjame contarte, madre,
que aquí hay cuatro estaciones…
las hojas caen en olas de eterno calor
y renacen resquebrajadas en la ausencia,
pero yo
siempre tengo frio.
Déjame contarte, padre,
que la calaca ya no se posa sobre mi cama,
que ya dejó de lamerme el oído…
con sus cantos de alerta.
Déjame decirte, Calor,
que los huesos se me entumecen
y las esquirlas de hielo los perforan.
Que mi piel llagada se congela
al extrañarte
Dios, déjame contarte:
desde que me fui,
no he visto tus ojos nocturnos
Dios, te voy a decir un secreto:
desde que me fui,
tus penas me parecen putrefacciones del pasado.
Mi amor
¿sabes de la gran serpiente naranja?
Sus víctimas son voluntarias,
en el vientre metálico de la serpiente nos deshumanizamos.
Por último quisiera comunicarte.
Del gran exilio humano
y que el único recluso. Soy yo.