Wokepedia o el miedo a la diferencia, por José Antonio Manzanilla Madrid

Me persigue una idea, nacida el momento en el que empecé a relacionarme a un nivel personal con mis estudiantes. Si bien doy clases desde hace una década, no desarrollé una verdadera pasión por esta profesión hasta hace unos tres o cuatro años. Los jóvenes empezaron a importarme: quizás porque yo estaba dejando de serlo, o porque me vi peligrosamente reflejado en ellos. No me gustó pensar en cuán parecidos éramos, a pesar de ser tan distantes en nuestras edades. Porque yo me asumo como lo que fui: un adolescente inspirado, generoso y crítico, pero también anclado en diversos estereotipos con los que construí un mundo que justificaba mis errores. Y desde la observación y el diálogo, descubrí que, a pesar de la ingente cantidad de información que estos jóvenes me llevan de ventaja, no eran diferentes a mi reflejo adolescente: el sexismo, la misoginia, la xenofobia, el racismo y clasismo que identificaron mis errores eran también los suyos. Acaso más pronunciados los de ellos; el arrojo de los argumentos juveniles sí que es mayor en estos tiempos.

Hablamos de una generación, la mía, que se educó tan deficientemente como la de ahora. No aplicaré aquí ese rancio concepto del tiempo pasado que fue mejor, porque no lo era: el pasado era acaso peor que el presente. La ventaja de los adolescentes actuales reside en la discusión pública, hiperbolizada por la inmensidad del internet, sobre lo que antes dábamos por sentado como parte de la normalidad. Esta discusión confronta, de lleno y sin matices, al ser humano con su propio retrato de Dorian Gray: el espejo de la diferencia, de aquello que no aceptamos porque, simplemente, es distinto a lo que consideramos “normal”.

Apelando al sentido común, no tendría que existir demasiada controversia: la realidad evoluciona y todos podemos entender que las prácticas del pasado tienden, naturalmente, a la adaptación o la extinción. ¿Por qué entonces cuesta tanto, en nuestros días, el aceptar que las cosas tienen que cambiar?

No trataré de considerar una respuesta unívoca, sino un cúmulo de posibles razones. La nostalgia es una de las principales: si el pasado que me dio la felicidad se ve amenazado por una mirada crítica que lo vuelva a significar en todas sus dimensiones negativas, mi propia felicidad pasada corre el riesgo de convertirse en un reflejo de esta negatividad. ¿Cómo es posible que eso que me hizo tan feliz pueda ser tan abiertamente nocivo? ¿Por qué pensar que una buena cantidad de capítulos de Los Simpson puede estar cargada de un sardónico racismo y un maniqueísmo moral avasallante? ¿Cómo podría ser sexista y misógina (y clasista y racista y…) una serie como How i met your mother, si es casi el decálogo de mis afectos y personalidades? La obra de Salvador Elizondo o Chuck Pahlaniuk, la música de Ariel Pink, Morrisey o Joaquín Sabina, la izquierda liberal latinoamericana y su raigambre machista y reaccionaria, la derecha genocida que tan bien trató a nuestros padres…el etcétera es largo e incómodo, pero necesario.

Vivimos una o varias vidas apelando a los matices para justificar estas dolencias: la ironía, la incorreción política, la crítica totalitaria y global, la libertad de expresión. Y de tantos justificantes sólo quedó el lienzo rasgado de una bandera ilusoria, esa que promueve la “normalidad” desde la nebulosidad del relativismo, sin entender que el dolor causado por esa misma normalidad puede señalarse, localizarse, nombrarse.

Y aquí entra la “wokepedia”: la construcción de la resistencia ante la normalidad, erigida desde la segmentación de las marginalidades históricamente ignoradas, esas que para nosotros eran parte de un discurso, pero no de la realidad. Empezaron a hablar, a nombrarse: esas mujeres que existieron siempre y gracias a quienes el mundo existe todavía, a pesar de nuestra formación feminicida; esos homosexuales que sólo eran personajes de comedia, ridiculizaciones extremas, villanos de cartón; esas lesbianas que eran el reflejo de un deseo pornográfico ajustado a los estándares inalcanzables de la vanidad; la disidencia de género, de origen, del color de la piel, de nacimiento y clase. El desapego a este país y a este mundo que fuimos todos y que en realidad sólo éramos unos cuantos. Esas voces, multiplicadas y amplificadas por el poder de la banda ancha, llamaron la atención, incomodaron. Y aquello que siempre fue normal, dejó de serlo, para empezar a ser diferente.

Empezaron cambiando el lenguaje, porque las palabras importan; exigiendo su participación en el escenario mundial, porque la imagen es poderosa y la presencia habla por sí misma. Exigieron un pequeño adelanto de esa deuda histórica que será cobrada con o sin nuestro consentimiento. Y no sólo les cambiaron el diseño a tus dibujos favoritos y enterraron a nuestros ídolos de cristal: también te enterrarán a ti, a mí, en la ignominia histórica de la intolerancia, si no logramos entender que aquel que es diferente, también somos nosotros. Desde la empatía más elemental, desde la pertenencia a esta tierra tan decrépita y ardiente, todavía.

Le llaman woke, “haber despertado”, en el pretérito perfecto de mi lengua. Lo denostan millones, lo inspiran muchos, y otros tantos intentamos entender, desde la insuficiencia de las buenas intenciones. Se cree, erróneamente, que su movimiento busca quemar la tierra que pisa, que la cancelación totalitaria de los discursos del pasado es su único objetivo. Estas ideas hablan más de quien las inventa que de aquellos a quienes van dirigidas. No es de cancel culture de lo que hablamos; bien sabemos que esa es solamente otro preámbulo para la impunidad. De lo que sí hablamos es de amplificar el criterio: de observar al pasado y a sus productos culturales y sociales como consecuencias de su origen, de señalar sus defectos y encontrar, si lo tienen, su valor intrínseco, agregándole, a aquello que lo mereciera, el valor de la trascendencia por encima de los matices de su concepción. Y claro, aunque duela, desechar simbólicamente aquello que lo merezca.

Y, aún así, todavía no lo entiendo del todo. No lo he vivido, no lo conozco de primera mano. No creo estar totalmente despierto, ni creo que alguien más lo logre por completo. Siempre caeremos en la incomprensión de la distancia sensible y empírica. Pero lo aprecio porque es parte de este mundo y lo ayuda a evolucionar, a ser más humano, más completo en su esencia vinculante. Porque lo que no soy, también me construye, y lo que no conozco, me permite ilusionarme con todo aquello que puedo ser capaz de saber y de ser. Eliot y Pacheco dijeron:

Dices que repito
Algo que he dicho. Lo diré nuevamente.
¿Lo diré nuevamente? Para llegar ahí,
Para llegar adonde estás,
Para salir desde donde no estás,
Debes ir por un camino en donde no hay éxtasis,
Para llegar a lo que no sabes
Debes ir por un camino que es el de la ignorancia.
Para poseer lo que no posees
Debes ir por el camino de la desposesión.
Para llegar a lo que no eres
Debes ir por el camino en que no eres.
Y lo único que sabes es lo que no sabes….
Y lo único que posees es lo que no posees
Y en donde estás es en donde no estás.

Y yo les creo.


José Antonio Manzanilla Madrid es un profesor de literatura y lenguaje, con un interés especial en las relaciones que establece el espacio literario con la filosofía, las narrativas digitales y la construcción de nuestras diversas identidades. Su última colaboración fue en el libro Inflexiones de la autobiografía. Un proyecto editorial y una generación de escritores mexicanos (ISBN 978-607-441-638-1) con el artículo “El relato de la vida que vale. Salvador Elizondo y su autobiografía precoz”.

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