La menta prodigiosa, por Magdiel Torres Magaña

Íbamos hacia la biblioteca Luis Ángel Arango, andábamos por la mitad del camino, por la avenida Caracas, a bordo de un Transmilenio. Veníamos sentados. Claudia me había ofrecido el lado de la ventanilla a sabiendas de mi goce infantil por registrar las escenas que acontecían afuera. En eso estaba cuando subió una vendedora ofreciendo sus  productos, algo que era común.

“Buenos días tengan todos ustedes”, dijo la mujer y algunos pasajeros le respondieron. “Gracias por el saludo, porque ante todo debe estar presente la educación, ¿verdad? Mire yo no le vengo a engañar, yo no le vengo a mentir ni a contar novelerías ni nada. Gracias a mi Dios yo estoy completa y no sufro ninguna enfermedad. Gracias a la santísima Virgen y a todos los santos no padezco ninguna discapacidad y no vengo más que a camellear como todos ustedes.

“Perdone si le quito un trisito de su tiempo. Si lo aburro un momentico. Si lo desespero. Si interrumpo su lectura o su conversación. Solo estoy aquí para ofrecerle este extraordinario producto que es delicioso, que es riquísimo y que tiene propiedades curativas antiquísimas. Son tan antiguos estos ingredientes que los descubrieron los indios de las Amazonas hace ya muchos años desde antes de la llegada del conquistador.

“Se trata de una menta que usted puede saborear después del almuerzo o después de las medias nueves. Incluso puede tragarla antes de acostarse porque este dulce no le quita el sueño. Verá usted que esta menta, de origen natural, tiene propiedades curativas más elevadas y audaces que las drogas sofisticadas. Estimado caballero, encarecida dama, si usted ingiere esta menta notará de inmediato que el mal olor se irá como un despreciable fantasma. Quita el dolor de muela, el dolor de cabeza, el dolor de vientre premenstrual y menstrual. A los caballeros les provoca erecciones firmes y constantes y apetitos sexuales indecibles. Además, les dará fuerza para complacer a la compañera, a la moza, a la suegra y a la hija. A cada una en su momento o a todas en singular orgía.

“A la dama que ingiera esta maravillosa menta le cambiará el semblante. Le pondrá los senos firmes y redondos. Le cubrirá las caderas de una miel deliciosa y suave que será el deleite del compañero y del mozo. También atraerá a ese man que le gusta y al que espían en secreto o al verdulero que desean con pasión malsana. Mire yo no le vengo a engañar ni a sacar su plata. Solo por el ridículo precio de 2000 pesos usted puede adquirir esta menta y comprobarlo. Pero si usted desea indagar más en los secretos de la medicina tradicional y mística, por 5000 pesos se puede llevar la menta milagrosa, el chocolate recubierto y la bolsita de maní de las altas montañas del Perú. 2000 por cada producto individual o 5000 por los tres productos. Tranquilo, sin compromiso, porque mirar no es comprar. No se sienta comprometido.

“La barra de chocolate recubierto es una deliciosa mezcla de cacao selecto de las selvas del sur de México. Contiene maní y trozos de chocolate blanco. Sus propiedades alucinógenas ayudan al estudiante a concentrarse en sus estudios. Al trabajador lo llena de energía. Al niño le proporciona la vitalidad suficiente para que elabore sus tareas. Al anciano le prodiga de sueños serenos y remotos como una muerte tan dulce como cierta.

“Yo misma he consumido esta deliciosa barra de chocolate poco antes de la siesta. Su consumo me ha beneficiado con los sueños eróticos más desquiciantes. En ellos dos hombres robustos y musculosos, proporcionados de penes enormes y firmes, me poseían a la vez. Uno de ellos, rubio por más señas, se entretenía en enjuagar su lengua con mi clítoris. El otro, moreno en contraste, me masajeaba los senos mientras introducía su verga venosa en mi boca. Más tarde ambos hombres me penetraban por ano y vagina provocándome un orgasmo múltiple que no era de este mundo. Después me fecundaron este hermoso hijo que habrá de ser rey de la antigua Antioquia”.

La mujer, ciertamente, llevaba un niño en una especie de cangurera. Mientras se movía a lo largo del Transmilenio daba mano en mano los dulces que ofrecía. Algunos pasajeros los miraron a detalle. Otros, entretenidos en sus celulares, los rechazaron. Había también los que los tomaban con desinteresado afán. Claudia tomó los tres productos y me preguntó, como solía suceder en estos casos, si quería probar alguno. Le dije que no, entretenido en el discurso de la mujer que seguía hablando.

“…puede meter cada uno de los maníes por el ano o bien tomarlos con abundante agua. Verá cómo en seguida su poder de locuacidad crecerá exponencialmente. Se dará cuenta que elaborará no solo argumentos certeros sino que tendrá una imaginación prodigiosa que tan importante es en estos casos. Con esta capacidad de convencimiento atraerá a las chinas más gomelas o tímidas. A todas ellas las convertirá en diosas del sexo que podrá desvirgar de vagina y ano sin que las hediondas vayan a acusarlo. Mire yo no lo vengo a engañar ni a robarle su platica. Ingiera una bolsa completa del maní de las altas montañas del Perú. Verá cómo además de corromper niñas, las chinas poseídas por su ingenio y virilidad le llevarán hasta sus madres. Sus hermanas, de tenerlas, también estarán a su disposición para poseerlas a placer y al mismo tiempo si lo desea”.

La mujer se había alejado de nuestro asiento y me era difícil escuchar el resto de su discurso. Me puse a buscarla entre la gente que iba de pie. Así pude ver al lado de nuestro asiento a una niña de uniforme que metía su mano debajo de la falda. Se tallaba la entrepierna por encima de las mallas con ahínco. También vi cómo, en el asiento que quedaba detrás de la niña, una pareja de adolescentes se besaban con ardor. Mientras ella le acariciaba el pene por encima del pantalón, él le presionaba en medio de las piernas con la barra de chocolate.

Al poco rato la mujer pasó por nuestro asiento y Claudia le regresó los productos ofrecidos. La vendedora siguió su camino y continuó con su discurso. Al pasar junto a nosotros noté que era una anciana. En la cangurera no llevaba un niño, sino un montón de periódicos viejos y amarillentos. La anciana ahora hablaba de su necesidad de camellar porque estaba embarazada de gemelos. Su voz no era la de una anciana, sino la de una mujer joven. Explicó que no estaba esperando dos niños, sino que había sido poseída por hermanos gemelos en el mismo acto sexual. Ahora explicaba con más detalles que aquella anécdota onírica con un hombre blanco y uno moreno.

Pronto llegamos a la estación Las aguas y Claudia y yo fuimos los últimos en bajarnos. Mientras nos alejábamos noté que la mujer, que ahora a la distancia me parecía ciertamente una joven, llevaba un verdadero niño en la cangurera. Se quedó sola en el Transmilenio hablando de las raras propiedades de sus productos a los asientos vacíos.


Magdiel Torres Magaña (Tepalcatapec, Michoacán, México, 1982). Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y Maestro en Historia por la misma casa de estudios. Premio de Poesía Carlos Eduardo Turón con el libro “Los días con el otro”, en 2011, y Premio de Cuento Xavier Vargas Pardo por el libro “¿Tiene usted la Biblia en casa?”. Publicó “Una tumba para el Santa Elizabeth” (IVEC, 2019) y fue becario del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico en el periodo 2018-2019. En 2020 ganó el primer lugar del Concurso de Cuento Ignacio Padilla, en Querétaro. Actualmente es candidato a doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Veracruzana.

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